Las personas codependientes son aquellas que dejan que sus pensamientos, emociones y conductas estén regidos por el comportamiento de los demás. Cargan el peso  de la vida de los demás y dejan sus propias necesidades sin atender. Son personas que sus historias de vida los han llevado a ser el héroe del círculo que los rodea. Por lo tanto, en sus deseos de que todos aquellos cercanos a el, se encuentren bien, pueden llegar a habilitar, facilitar y a querer controlar a los demás, y eso no es muy sano, especialmente cuando somos papás.

La característica principal de las personas codependientes es la negación. No siempre es fácil detectar nuestras conductas aprensivas y deseos de que quienes amamos actúen bajo nuestras expectativas. Mamás aferradas a que sus hijas sean bailarinas, a que sus hijos jueguen fútbol, son prácticas muy comunes, que parecieran partir del apoyo o guía que los papás ejercen, pero que realmente nacen de la baja autoestima y deseos de control. 

Si las personas no nos pertenecen, los hijos menos. Es difícil pensarlos como seres individuales, incluso puede ser doloroso, pero es la realidad. Los hijos, en un entorno ideal, deben crecer como seres independientes. Por supuesto que esto no significa que no somos responsables hacia ellos, sino que logramos ver la línea de querer controlarlos y del desapego. 

Los papás desarrollamos la relación dependiente por nuestros hijos desde que estos están pequeños; pues por supuesto que tenemos que acompañarlos en sus necesidades fisiológicas y afectivas. El problema radica en que los hijos van creciendo y poco se habla del desprendimiento. De las etapas en las qué hay que soltar con amor las prácticas que ya les competen a ellos realizar. Un error que cometemos como papás, en nuestra intención de ser guías y cuidarlos, es sobre protegerlos.  Cuando no permitimos que nuestros hijos vivan las consecuencias reales de sus decisiones y acciones, les robamos la oportunidad de aprender y fortalecer sus aptitudes. Es difícil no querer extender una mano cuando se enfrentan a la adversidad pero es mas daño el que ocasionamos al convertirnos en habilitadores. Puede llegar a ser tan grave esta codependencia que en los sistemas familiares donde un hijo se encuentra con el alcohol y las drogas, los papás pueden ser facilitadores del consumo nocivo de este estos…. Se lee exagerado, pero muchas características de la fase primaria de la enfermedad de la adición se han vuelto prácticas que como sociedad hemos adoptado como comunes o no tan dañiñas, evadiendo la realidad. Por ejemplificar este asunto, para efectos de abrir nuestra consciencia les señalaré algunas de estas prácticas y pensamientos….

“Mis hijos y sus amigos toman en nuestro bar porque aquí están seguros”, “la mariguana no es adictiva, es más es medicinal”, “pobre de mi hijo, sus amigos con carros el año y el con el mío usado”. Entre otras creencias que podemos polarizar a cualquier edad y etapa. Mamás respingando con maestras, mamás que usan excesivamente la tecnología como remedio para “calmar” berrinches. 

Remedio para calmar berrinches….. todo parte de aquí, de no saber cómo responder ante las emociones de nuestros hijos. Los libros más vendidos dirigidos a la comunidad de nosotros los papás, justamente son aquellos que prometen métodos para terminar berrinches. No hay mejor prevención para las malas conductas que entender que nuestros hijos (a cualquier edad) tienen derecho de sentir lo que sienten: enojo, rabia, frustración, ira, vergüenza, ansiedad. Es muy sano que ellos comprendan e identifiquen sus emociones, aunque sean negativas, por qué solo así es como pueden aprender a lidiar con ellas. 

Los pensamientos generan emociones, las emociones crean conductas. Si en lugar de hacernos responsables por los demás, por nuestros hijos, dirigimos nuestra no negable responsabilidad hacia ellos, podremos ser papás que avalan esas emociones, ayudarlos a cambiar esos pensamientos, que parten del entorno que les tocó vivir, y guiarlos al camino donde ellos creen conductas apropiadas por su bien y a partir del amor propio porque crecerán con la seguridad y autoestima que sus papás sembramos en ellos por mostrarnos empáticos a sus necesidades. 

Quiero hacer énfasis, en la parte de la enfermedad de la adición, puesto que es una enfermedad mental, progresiva y mortal. Cuando veo el uso supuestamente recreativo de la mariguana, donde muchos defienden su consumo como no adictiva, me gusta hablar de la parte que tumba esta falsa creencia. Cuando las personas consumen marihuana, alcohol, otras drogas e incluso algunos medicamentos, estos viajan por nuestros neurotransmisores hasta afectar el sistema nervioso central, la materia gris acompañada de estas sustancias libera una dopamina sintética que nuestro cerebro detecta como un efecto recompensa y ese “viaje” queda para siempre guardando en nuestro cerebro, haciéndole creer que el consumo lo hace sentir bien. La enfermedad de la adición tiene menos que ver con la frecuencia que se usa una sustancia y mas con el motivo. Es decir si la usamos para calmar nervios, ansiedades o emociones. Para efectos de no generar duda por supuesto que la frecuencia y la tolerancia de cantidades son parte de la fase primaria de esta terrible enfermedad mental. 

¿Que hacer? 

La comunicación efectiva es la clave. Como familias debemos de crear metas en común que involucren a todos los elementos de la familia y trabajar por ellas. Necesitamos inculcar las herramientas correctas de comunicación. No podemos conformarnos con un -“mijito ¿cómo estás?” -“bien papá”.  La palabra bien, que tanto mal nos ha hecho, no nos arroja ninguna información sobre las emociones de nuestros hijos. Lo que buscamos es que ellos logren identificar sus emociones para propiciar mejores conductas. 

Sin entrar en mucho detalle, la enfermedad de la adición, que por cierto, es mortal y progresiva, tiene sus raíces en al etimología de la palabra. El prefijo “a” que significa sin, y dicción que viene del habla. Es decir que quienes son más propensos a llegar a la adición, son seres que no identifican sus emociones y que no las expresan y hoy los jóvenes viven en un ambiente sobrexpuesto a las drogas y al alcohol. ¿Te arriesgas? 

En conclusión, como papás, necesitamos identificar nuestra codependecia y trabajar en ella. Trabajar en el desapego emocional para permitir que nuestros hijos aprendan de sus actos y en poner límites. Los límites ayudan a que ellos se forjen como seres individuales e independientes. Los límites se crean a partir de las necesidades y etapas de los hijos, deben responder ante situaciones específicas y lo más importante es que deben ser inquebrantable. No estirar la liga ante la consecuencia cada vez que se sobre pasen. 

Familias, trabajemos en la comunicación efectiva, en la actitud empática ante las emociones de los demás, que entendemos que NO SON NUESTRAS, que nuestra responsabilidad hacia los demás es acompañar más nunca resolver. En nuestra autoestima en nuestros roles. Cambiemos la palabra “culpa” por responsabilidad para lograr preguntarnos “¿cual es mi papel aquí?”

Escrito por @andreitaolea