Antes de que lean esto les pido de favor que no lo tomen personal.

El 8 de Marzo ha sido promulgado como El día Internacional de la Mujer. No lo pusieron para que nos diéramos una palmadita en la espalda por cuidar a nuestros bebés, hacer el hogar y/o perseguir nuestros sueños como todas #girlbosses que somos. Lo promulgó la ONU oficialmente hasta el año 1975 a pesar que desde 1910, incluso antes, marchaban mujeres socialistas exigiendo oportunidades iguales entre hombres y mujeres en la vida laboral. 65 años antes de que el día se institucionalizara se le conocía como El Día de la Mujer Trabajadora.

Entiendo que todas nosotras mujeres somos fregonas. Nos mueve la pasión y nos ha mantenido adelante la efectividad de nuestro casi mágico poder de siempre salir adelante. Damos vida o soñamos en grande o incluso las dos. Pero honestamente no todas tenemos que salir a laborar para mantener a la familia o a nosotras mismas. Yo sé que el trabajo de la casa y los niños es muy pesado pero también se que no todas cargamos con la responsabilidad de pagar cuentas, colegiaturas, seguros, créditos de casa, automóviles, niñeras, agua, comida y luz. Las cosas como son. Porque es de humildes y sabios reconocer el esfuerzo qué pasa una mujer que si lleva esta carga en sus hombros al igual que nuestros esposos, papás, y amigos hombres.

La semana pasada conmemoramos este día y en lugar de abrir el diálogo entre la sociedad sobre la igualdad en la vida laboral, abrimos el debate de si felicitamos o no felicitamos a las mujeres. Esa es la principal razón por la cual yo no me declaro feminista. Porque la ignorancia a veces mata el esfuerzo de muchas personas que vienen constituyendo para nosotros un mundo más justo y al cual nuestra respuesta es “yo si felicito porque ser mujer es muy cool” sin darte cuenta que pensar así daña gravemente a quien trabaja igual que su colega hombre y recibe un distinto sueldo. Daña gravemente a quien por permiso de maternidad se le excluye de los proyectos de su empresa, y daña gravemente a todas esas mujeres que salimos a laborar y que por el solo hecho de ser mujer se nos reconoce como inferiores.

Creerás que estoy exagerando pero yo lo he vivido muchas veces en carne propia. Por ser mujer en un trabajo o aspiración que “solo es de hombres” me han tachado de no saber como si la educación fuera exclusiva de hombres, de no conocer el área, de no incluirme en pláticas, de pasar por alto mi opinión, de querer aprovecharse de mi en una junta de conciliación, de exigir mucho más de mi con una remuneración muy diferente, de ni siquiera recibir apoyos que en su momento eran casi indispensable solo y solo por ser mujer. Yo cuento con socios que me respaldan y me han mantenido fuerte pero la mayoría de nosotras que pasamos esto no.

Entonces leer que “si se vale felicitar a todo el mundo porque todas batallamos” pues no me duele ni me enoja, pero si me afecta. Porque el día que las mujeres teníamos la oportunidad de abrir el diálogo para ir erradicando esas injusticias que pasamos, la sociedad decidió vestirnos como Wonder Woman y ese día que frente a un colega hombre mi trabajo quedo minimizado volvió a pasar a la historia desapercibido porque en la búsqueda de que nos reconozcan como iguales en lo laboral, no podemos ni tomarnos el tiempo de respetar lo que muchas mujeres vienen luchando, viviendo pésimas condiciones de trabajo, con sueldos muy por debajo del sexo masculino en trabajos iguales y con grandes brechas de oportunidades laborales.

Decirte feminista lleva una responsabilidad enorme. No es una palabra de opinión personal. Por eso yo no me denominó como tal, porque el momento en el que lo haga no puedo fallarles; porque ayudo más, estorbando menos. Se lee muy fuerte pero la desigualdad se vive peor. ¿La has vivido tu?